Crítica de “Noche mapuche”: Un discurso delirante y torpe

Crítica de Teatro

“Noche mapuche”: Un discurso delirante y torpe

Por Jorge Letelier





A propósito de este estreno dirigido por Marcelo Leonart (“El taller”, “Liceo de Niñas”), se ha hablado bastante de la conexión entre el autor y Egon Wolff a través de la idea, siempre atractiva, de desconocidos irrumpiendo el espacio privado e íntimo. Ese fue el núcleo del clásico “Los invasores” (1963), obra maestra de Wolff y es también el punto de partida de “Noche mapuche”, donde Leonart cita a quien fue su profesor de dramaturgia (y a quien homenajea con su reversión de “Flores de papel”, actualmente en Teatro UC).
La conexión continúa en el tono pesadillesco del relato de Leonart, atribuido a una borrosa frontera entre la narración realista y la lógica de un sueño. Pero las similitudes acaban ahí puesto que la búsqueda formal del director y autor, como en “El taller” y “Liceo de niñas”, va por el camino de la comedia negra, la exageración en personajes y tonos y las rupturas de sentido.

El montaje se ambienta en un hogar acomodado de Santiago, donde la dueña de casa (Nona Fernández) narra a una pareja amiga un episodio de su adolescencia en el sur en el cual un joven mapuche es humillado y luego obligado por ella a iniciarla sexualmente. Este episodio, contado desde la perspectiva socialmente dominante, va paulatinamente adquiriendo un contorno trágico en la medida que se van revelando nuevas aristas donde surge en forma brutal la relación dominador-dominado que evidencia el carácter clasista, racista y profundamente despectivo de la oligarquía chilena.

La puesta en escena busca enfatizar el relato desde el desborde manierista, la hiperbolización del gesto y el tono grotesco, generando un tono atractivo en su exceso y dotando cada vez más espacio a la lógica de un sueño o pesadilla que va rompiendo las convenciones realistas. En este punto es revelador el personaje de Daniel Alcaíno, quien ofrece pistas que luego se materializan en esta idea del extraño que irrumpe en el espacio de confort de otros.

Este primer acto muestra sucesivamente los detalles que van complementando la historia narrada, donde la familia de la dueña de casa y narradora –de ascendencia alemana- encarna la brutal dominación a la que ha sido sometida la comunidad mapuche y donde el hecho, resuelto a punta de escopeta, concluye en un gran incendio que se convierte en el principal elemento metafórico de la obra.

La metáfora del fuego recorre el montaje desde un inicio con unos bidones dispuestos en el escenario, y está asociado a una idea de dominación y destrucción que luego es confirmada en la nueva historia que se narra: un sueño contado por el personaje de Alcaíno sobre un niño lakota que se enamora de una pequeña niña blanca y que luego ve cómo su familia es asesinada cuando hombres blancos incendian su campamento. El relato narrado comienza a adquirir contornos de delirio mientras el personaje va enlazando de manera confusa esta historia con la de un esclavo negro que es quemado en una hoguera por una falsa acusación. El fuego es en ambos casos, el elemento que somete a la etnia, la figura de la represión y el castigo. Las diversas interrupciones del resto de los personajes, en el tono burlón y grotesco antes mencionado, van enredando la historia con demasiados elementos donde se busca narrar cómo el “hombre blanco” va sometiendo a las minorías étnicas a través de la historia.

Para agregarle aún más delirio al tono, dos personajes fuera de contexto irrumpen en escena desde un improbable lugar que solo puede atribuirse a la lógica de la pesadilla. A estas alturas, el relato se hace cada vez más estridente y pesado, la dramaturgia se pierde en una majamama errática y la frase de uno de los personajes, sobre que el sueño en la cosmovisión mapuche es una manera de acercarse a la realidad, pasa a ser un eje dominante.

El momento que se supone fundamental, es cuando se narra la muerte del activista mapuche Matías Catrileo, quien fue asesinado por Carabineros con un disparo por la espalda durante una toma al fundo de Jorge Luchsinger. En esos momentos, los personajes invitados a la reunión –a la manera de Egon Wolff- muestran su verdadera identidad y se convierten en invasores que buscan un ajuste de cuentas simbólico.

Resulta sorpresivo en un dramaturgo experimentado como Leonart, la forma gruesa en que enlaza las ideas respecto a la problemática mapuche y el sometimiento por parte del Estado. Si la idea es generar reflexión e indignación, la absoluta falta de empatía con sus personajes echa por tierra el intento, así como la insistencia en sobrecargar en tono y narración este desborde escénico que se asemeja a un happening extravagante. Leonart demuestra poco cariño por sus personajes, los hace desagradables y si a través del discurso busca generar conexión con el conflicto mapuche, podría funcionar solo desde el grito destemplado sin reflexión. Si en Wolff había una mirada minuciosa a la tensión inherente entre clases sociales con un gran humanismo por sus personajes, Leonart se distancia de su maestro en un espectáculo de alto impacto y un alegato tan furibundo como epidérmico.

Si ya cuesta seguir el relato con tantos estímulos contrapuestos (considerando sus exageradas dos horas de duración), el remate arruina el poco afecto a lo visto, y en un giro impensado, la teatralidad se suspende y vemos cómo los dos actores que entraron tardíamente a esta reunión narran, desde una especie de informe, el ataque al predio de los Luchsinger Mackay que, como sabemos, terminó con el incendio y la muerte de los dueños de casa. Se refiere, explícitamente, al uso del fuego como un elemento purificador (los dueños del predio son los padres de Jorge Luchsinger) alterando el carácter simbólico asociado antes a éste y, en un gesto condenable artística y moralmente, se escucha el audio de Vivianne Mackay llamando a Carabineros minutos antes de morir quemada.

Este final, que se asemeja a las construcciones dramatúrgicas de Guillermo Calderón en parte de “Escuela” y en “Mateluna”, aquí altera completamente lo visto anteriormente y quiere construir, a partir del panfleto, una lección moralizadora que plantea una especie de ojo por ojo que más allá de las opiniones de cada espectador respecto al conflicto mapuche, es una visión muy torpe e irresponsable de un problema muy complejo a nivel social, étnico y político, que requiere reflexión y profundidad y no un discurso termocéfalo para progresistas vociferantes.

Noche Mapuche
Compañía: La pieza oscura 

Dirección y dramaturgia: Marcelo Leonart 
Elenco: Daniel Alcaíno, Nona Fernández, Roxana Naranjo, Pablo Schwarz, Caro Quito, Felipe Zepeda 
Diseño sonoro: Miguel Miranda 
Diseño de iluminación: Andrés Poirot 
Diseño de escenografía: Catalina Devia 
Producción: Francisca Babul

Miércoles a sábado, 20:30 hrs. Sala A2, hasta el 28 de octubre.

$8.000 general, $4.000 estudiantes y tercera edad.

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