Crítica de Teatro “King size”: humor germano y autoconciencia musical


Crítica de Teatro

“King size”: humor germano y autoconciencia musical

Por Jorge Letelier


Una habitación de hotel, amplia, anticuada, de ligero mal gusto. Neutra en el sentido más claro del término: un lugar de tránsito, sin calidez pero cómodo. Un hombre duerme y luego se levanta, se viste de etiqueta y se siente al piano a cantar. Todo es meticulosamente cotidiano, hasta el sonido del baño que escuchamos en off.

Luego entra una pareja. Parecen ser la mucama y el botones. Sin mirarse y reparar en el otro, se acuestan en la misma cama y comienzan a cantar. El registro es amplio, desde Wagner, Schumann y Alban Berg a The Kinks y Jackson 5. Una anciana regordeta y vestida anticuadamente entra a la habitación y deambula sin rumbo claro mientras ellos cantan y cantan. Nadie se mira, nadie conversa, solo cantan.

Llegó con el cartel de ser uno de los títulos más atractivos de la presente edición de Santiago a Mil, y con el nombre del suizo Christoph Marthaler, uno de los directores más renovadores de la escena europea y que en 2011 presentó “Protegerse del futuro”. Y lo que vimos el fin de semana en el Teatro Municipal de Las Condes respondió a esa idea. Porque si hay un concepto que encaja luego ver este montaje es que se trata de una apuesta original e innovadora. El problema es que no hay mucho más aparte de eso.

El montaje de Marthaler apuesta a construir un realismo cotidiano que se resquebraja por un elemento disonante y absurdo. Si fuera cine, diríamos que son escenas de tiempos muertos con música: nada sucede, nadie se comunica pero el canto y baile responde a la meta historia de una intriga que no vemos ni conocemos pero que no calza con el transitar de la anciana, el único elemento “normal”.

Si bien con el transcurso del montaje se comienzan a advertir las intenciones de Marthaler, exponer el sinsentido de la vida y las convenciones, la idea de que la vida cotidiana es una jaula bien provista desde lo material y la idea ilusoria de lo “perfecto” pero carente de humanidad, el tipo de humor no progresa y comienza a darse vueltas peligrosamente sobre sí mismo: conocido el artilugio, ya sabemos que la ruptura absurda de destino a la manera de un gag de cine mudo volverá a aflorar, ya sean unos tallarines que la anciana se come desde su cartera o la mucama que se asoma y canta debajo de la cama. Quizás como latinos nos cuesta entender ese humor germano, un poco a lo “don Otto”, un humor sin dobleces ni ironías, solo apelando al chiste visual absurdo.

Hay, a nuestro juicio, una especie de autocomplacencia postmoderna en ese refrito de géneros, citas y reflexión sobre la materialidad de lo escénico y lo verosímil. A nivel intelectual tiene sustento y audacia pero la falta de emoción y carne del relato lo aleja invariablemente de una experiencia sensorial que nos pueda arrebatar el corazón.

La ironía de Marthaler de convertir en un musical de formato tradicional esta especie de oda a la incomunicación pero de ribetes absurdos es provocadora y muy disfrutable: la mucama canta estupendamente y el botones baila ridículamente gracioso mientras la anciana reflexiona sobre la futilidad de sus acciones en esa asimetría vital en que un día cualquiera, al abrir la puerta del closet, un par de cantantes irrumpirán para mostrarnos que hay vida más allá de comer tallarines de la cartera.

King size
Dirección: Christoph Marthaler
Elenco: Hildegard Alex, Tora Augestad, Bendix Dethleffsen, Michael von der Heide.


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