Crítica de Teatro “Krapp’s Last Tape”: Robert Wilson y la virtualidad de los recuerdos

Crítica de Teatro

“Krapp’s Last Tape”: Robert Wilson y la virtualidad de
 los recuerdos
Por Jorge L
etelier



Considerada una de las obras maestras del dramaturgo irlandés Samuel Beckett, la versión de “Krapp’s Last Tape” (La última cinta de Krapp) dirigida, adaptada, diseñada y actuada por Robert Wilson, fue estrenada en junio de 2009 en Italia. Han pasado casi nueve años y Wilson ha estrenado varias obras más, entre ellas otra adaptación de Beckett, “Endgame”, “Vida y muerte de Marina Abramovic” y la pieza de danza “A letter to a man”, sobre el bailarín Vaslav Nijinsky, aparte de su montaje de “Happy days” (estrenada en 2008 y vista en Santiago a Mil 2012).
Wilson no ha parado de presentar “Krapp’s Last Tape” a lo largo de los años y al tratarse de un texto en torno a la inminencia de la muerte, que busca recapitular lo realizado y cómo recuperar el recuerdo de lo vivido, puede verse simbólicamente como una especie de resumen de la propia obra de Wilson. Quizás en este punto es importante considerar que el texano es uno de los artistas más determinantes de las artes escénicas de la segunda mitad del siglo XX y siglo XXI, por el desarrollo de una estética que, dentro del llamado Teatro de las imágenes, supone una fusión de lenguajes para el teatro, la danza, la ópera, las artes visuales y la música con la visualidad como factor dominante. 
Si nos atenemos a esta lectura de la obra, “Krapp´s Last Tape” –presentada esta semana en el Teatro Municipal de Santiago- podría ser una especie de compendio de los intereses de Wilson que refuerza su decisión de puesta en escena. En efecto, el montaje deja el ya breve y lacónico texto de Beckett como una sonoridad más que un elemento literario, y se resuelve en base a la luz y el espacio.
Se trata de un espacio indeterminado que es tan abstracto como simbólico y donde Krapp –al borde de los 70 años- parece estar en una especie de biblioteca virtual de perfecta simetría donde revisa las cintas de audio que ha grabado a lo largo de su vida. Su sorprendente introducción, una larga secuencia con la única referencia sonora de lluvia y truenos que rítmicamente iluminan los haces de luz verticales con fría y sorprendente belleza, lo muestra casi inmóvil, de cara blanca y rigidez expresiva, a la manera de un actor kabuki que en ocasiones rompe la mudez con un agudo grito o un absurdo gesto clown.
Wilson es un artista de fuerte raíz simbólica y la idea de organizar este material de audio que resume la vida de Krapp en un ordenado anaquel de archivos casi inasibles, dialoga con la idea de sus propias obras enfrentadas al rescate, o intentar traerlas al presente desde la fugacidad del recuerdo. El artista experimental y posmoderno como Wilson, organiza sus recuerdos como juegos de luces y sombras, situándolos dentro de un sótano o de una cárcel (las pequeñas ventanas superiores dan esa idea).
En ambas lecturas, la búsqueda de Wilson por alejarse del peso literario (el que ya es mínimo en el caso del texto de Beckett) hace crecer las fronteras del lenguaje visual del montaje, desafiando la comprensión del tiempo cronológico: la inmovilidad de su personaje y la reiteración de las mínimas acciones y escaso diálogo construyen una atemporalidad que funciona en la medida en que refuerza la ambigüedad de sentido y sugiere una figura fantasmal que deambula en una especie de limbo.
Los marcados gestos –casi caricaturescos- que realiza en silencio, apoyado eventualmente por la cinta de audio de su yo más joven y con voz más grave, pareciera no necesitar de la palabra: así como con grititos y llantos dialoga con su pasado sonoro, se distancia de ese Krapp joven presuntuoso en su arte y lamenta los amores fugaces que se perdieron en la finitud de la memoria. Extremando el sentido de la interpretación, este viejo Krapp/Wilson parece poner en duda esa voz del pasado que es el reflejo del artista experimental de hace cuatro décadas. Krapp/Wilson se ríe, congela un movimiento y parece no asignar gran valor a ese momento. ¿O será la reacción de quien llora por el recuerdo perdido, por esa felicidad (visualidad) que ya no volverá?
Como sucede con los grandes maestros, cada gesto, cada silencio y cada decisión de diseño escenográfico, permite variadas lecturas no siempre amparadas en el sentido más convencional sino que en el aspecto sensorial, donde el sonido cobra una especial dimensión, en especial la voz del Krapp joven que hace enfrentar el fracaso y el dolor de las acciones no concluidas y de la fragilidad de la vida que se apaga. Wilson no enfatiza lo dramático sino que juega a hacer indescifrable el viaje emocional del anciano mientras buscamos respuestas en el intrigante formalismo de su puesta en escena.
Actores de la talla de Patrick Magee (para quien Beckett escribió la pieza), John Hurt, el director Harold Pinter y recientemente el veterano actor irlandés Barry McGovern ha interpretado a Krapp en distintas épocas, siempre bajo una impronta realista y melancólica.  Wilson reinterpreta el minimalismo de Beckett en un diseño visual misterioso que nos empuja a buscar correlatos en su propia obra/vida en cuya deliberada ambigüedad puede no generar identificación en el espectador, pero que fascina en su misteriosa representación de algo parecido a la experiencia de la vida (y la muerte).
“Krapp’s Last Tape”
Director: Robert Wilson
Dramaturgia: Samuel Beckett
Elenco: Robert Wilson
Teatro Municipal de Santiago

Santiago a Mil
Duración: 70 Minutos.
País: Estados Unidos/Italia

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